Después del neoliberalismo

Estamos dejando atrás toda una época que ha durado casi cuatro décadas, la del neoliberalismo; no así algunos de sus efectos. Ello no significa un regreso a lo que hubo antes durante casi cinco décadas, una vuelta a la potenciación del Estado de bienestar, a lo público, financiado con más impuestos; es decir, al paradigma socialdemócrata que nació del New Deal estadounidense de 1932 y adoptaron también los conservadores en Europa occidental y en EE.UU., sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial, hasta Ronald Reagan y Margaret Thatcher. No. Lo que se abre es una nueva era. «Paradigma productivista» lo llama el economista Dani Rodrik.https://agendapublica.elpais.com/noticia/18220/despu-neoliberalismo

El reinado importó más que la reina

Aun sin imperio, y en un mundo que ha cambiado profundamente durante el largo reinado de Isabel II, el Reino Unido tiene activos globales. Sigue buscando un nuevo papel. ¿Lo encontrará con Carlos III? ¿O será un rey de transición para un país en transición?

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Isabel II ha sido la reina más longeva. Más que la persona en sí, lo interesante ha sido su reinado, lo que ha cambiado y lo que ha innovado y conservado su país en estos 70 años. El buen hacer cinematográfico británico ha logrado con The Crown una magnífica serie sobre un personaje bastante vacío, aunque con algunos principios claros, y una familia con complicaciones. Durante su reinado, el Reino Unido acabó de perder su imperio (la India, la “joya de la corona”, se había independizado ya en 1947) aunque nunca su sentido imperial y global. Ya en 1962, Dean Acheson, ex secretario de Estado estadounidense, dijo que el Reino Unido había “perdido un imperio, pero aún no ha encontrado un papel”. Y sigue sin encontrarlo. Ahora, tras el Brexit, que tiene mucho de nostalgia imperial y de sentimiento de superioridad, lo vuelve a buscar. Quizás el nuevo rey, Carlos III, represente, a su edad, aquellos tiempos perdidos y un país que se busca pero que no se encuentra. Tardará en encontrarse, en reinventarse.
Ahora bien, pese a la pérdida del imperio, el Reino Unido tiene un alcance global, no solo por el idioma, sino porque es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, una de las pocas potencias con armas nucleares, el quinto del mundo en gasto militar (y con un espíritu combativo, como se ha visto en repetidas ocasiones y ahora con la ayuda a Ucrania). Cuenta, además con la Commonwealth, fundada en 1931, que aún supone ciertos lazos entre 56 países -de algunos de los cuales el rey es jefe de Estado ¿por cuánto tiempo?-, aunque tenga poca efectividad. El Reino Unido posee territorios, pequeños enclaves estratégicos, en varios lugares cruciales del mundo. Tuve la rara ocasión de hacer escala en la isla de la Ascensión, paisaje lunar en mitad del Atlántico, en el primer viaje de extranjeros recién acabada -ganada- la guerra de las Malvinas contra Argentina en 1982, cuando era corresponsal de El País en Londres. Sin aquella isla, que utilizaban sobre todo las fuerzas estadounidenses, la reconquista de las Falklands le hubiera resultado mucho más difícil a los británicos. Pero también son británicas la isla de Diego García, en pleno océano Índico; Anguila; Bermudas; el Territorio Antártico Británico; las islas Vírgenes Británicas; las islas Caimán; Montserrat; las islas Pitcairn, Henderson, Ducie y Oeno; Santa Elena, de la que dependen administrativamente la citada isla de la Ascensión y Tristán da Cunha; las islas Georgia del Sur y Sandwich del Sur; las Zonas de Base Soberana de Akrotiri y Dhekelia (Chipre); y las islas Turcas y Caicos. Además, claro está, de Gibraltar. Son puntos (a veces más que eso) importantes en el mapamundi. Aunque son territorios que otros reivindican y de los que a veces expulsaron a sus pobladores. Muchos son clave para la estrategia militar global de los “primos” estadounidenses.
Seguramente esa Global Britain que ahora buscan los conservadores británicos tras el Brexit es aún más dependiente de EEUU con el distanciamiento de China que impulsó Boris Johnson (y la actual primera ministra Liz Truss). Pero Isabel II tenía algunas cosas claras, y se interesaba, con su habitual discreción, por la política internacional. Entre otras cosas, porque a veces le concernía directamente. De lo que habló la reina con sus 15 primeros ministros se ha sabido poco. Pero cuenta el ex ministro Dennis MacShane que, cuando Ronald Reagan ordenó al ejército estadounidense invadir la pequeña isla de Granada para quitar a un gobierno de izquierdas (también me tocó cubrirlo, viajando desde una reunión de la OTAN en Canadá), la reina citó en palacio a Margaret Thatcher, con la que mantenía relaciones tensas supuestamente por su política contra los derechos sociales, y sin ofrecerle ni una taza de té o café le preguntó: “¿Puede explicarme, señora Primera Ministra, por qué su amigo Ronald Reagan invadió una de mis islas, de la que resulta que soy la Reina, y por qué me enteré por la BBC?”.
Isabel vio cambiar el mundo varias veces. Reinó largamente en un país que fue perdiendo peso, pero que retiene ciertas capacidades financieras (la City, aunque algo haya perdido), militares, intelectuales, universitarias, de innovación tecnológica (lo hemos visto, por ejemplo, con su papel en las vacunas del COVID-19). Ha vivido la descolonización, trifulcas anticoloniales, la fracasada expedición de Suez en 1956, las sanciones (que apoyó) y el fin del régimen del apartheid surafricano, la guerra fría, la distensión, la disolución de la Unión Soviética, el mundo unipolar, el mundo multipolar en el que estamos, el auge del Sur Global frente al Norte, y la entrada (que Isabel II apoyaba no viendo ninguna contradicción con la monarquía) y salida del Reino Unido de lo que hoy conocemos como Unión Europea. También la guerra terrorista -que afectó directamente a su familia- y una paz ahora en entredicho por el dichoso Brexit en Irlanda del Norte.
No es que Carlos III vaya influir en lo que puede ser la Global Britain. Definirla no le corresponde a él, aunque puede ser una pieza en el tablero si ese concepto llega a ser algo. Carlos III será la cara de una búsqueda, que puede resultar infructuosa. Quizás él o el nuevo Príncipe de Gales, cuando llegue a ser rey, vivirán un regreso del Reino Unido -si se mantiene como tal- a la Unión Europea que, entretanto, está avanzando. De nuevo, el o los reinados serán más importante que estos reyes. Carlos III será un rey de transición para un país en transición sobre su ser global. Pues mucho va a pasar en estos años, en los que los británicos también serán necesarios.

Más allá de la libertad de pensamiento: garantizar la intimidad de la mente

La proliferación de declaraciones sobre la preservación de derechos ante las nuevas tecnologías y la recopilación masiva y procesamiento de datos personales, parte del big data (por ejemplo, la Carta de Derechos Digitales española, la Declaración de Principios y Derechos Digitales propuesta por la Comisión Europea y otras del Consejo de Europa), olvida una dimensión que George Orwell ya trató en su 1984, al hablar del “crimental” (thoughtcrime en inglés): el control no ya de la libertad de expresión, no ya de la libertad de pensamiento, sino de la intimidad de ese pensamiento, del propio proceso de pensar. Ya es posible, en un grado limitado, conocerlo a través de los datos que generamos con nuestra interacción digital con múltiples dispositivos. Pero aún lo será más a medida que las tecnologías de control de la mente avancen y sean más intrusivas. No se trata sólo de que los regímenes autocráticos puedan llegar a controlar las mentes de sus ciudadanos sino incluso las propias democracias o las empresas. Ya dijimos hace tiempo que, por ejemplo, Google era lo más parecido a Dios en que sabe todo, y cada vez sabe más que lo sabe. Estas tecnologías influyen ya en nuestros deseos, incluso en los deseos que no sabemos que deseamos. Y muy pronto, mucho más.

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Más gasto militar: no (Europa), sí (España). Sobre todo, gastar bien

Los europeos necesitan gastar mejor. España, dentro de Europa tiene riesgos propios. Todos deben gastar bien y con fondos comunes

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Occidente, uno, grande y solo

Putin, con su invasión de Ucrania, no sólo ha reactivado la OTAN, sino la idea de Occidente en su conjunto. Un Occidente geográficamente más amplio, si bien con menor peso relativo, con unos valores propios, con pretensión, disputada de universalismo. Pero más solo ante un Sur Global que le sigue menos, no sólo frente a Rusia, sino frente a lo que verdaderamente define los tiempos actuales: el ascenso de China. Occidente se ha ampliado, como hemos visto con su presencia no en la Alianza Atlántica, pero si en la Cumbre de Madrid, de países como Australia, Nueva Zelanda, Japón y Corea del Sur, un proceso que había empezado hace tiempo pero que se está viendo reforzado, y que lleva a un “Occidente Plus”.

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La OTAN y el aborto

La radical decisión del Tribunal Supremo socava la democracia de EE UU y su liderazgo moral en una OTAN que se refuerza militar y políticamente

La OTAN es una alianza de democracias y sobre ella manda Estados Unidos. Y ese es un problema pues EE UU se ha convertido en una sociedad polarizada y enferma. El actual presidente, Joe Biden, es fiable para los europeos, comparado con lo que fue Donald Trump que puso en duda la Alianza Atlántica. Pero no está garantizado que los demócratas sigan gobernando en 2025, ni siquiera que conserven una mayoría en el Congreso este noviembre. La decisión del Tribunal Supremo sobre el aborto es un golpe a la democracia y a las libertades, que socava la credibilidad democrática de la OTAN, ahora militarmente y políticamente resucitada por la invasión de Ucrania ordenada por Putin, como lo plasmará o lo ha plasmado la Cumbre de Madrid.

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Lectura europea de una Francia fragmentada

Los europeos están preocupados por lo que pueda ocurrir en las elecciones legislativas en EEUU en noviembre próximo, y en las presidenciales dos años después, en términos que determinarán el tipo de liderazgo que pueda ejercer la superpotencia, más incluso que su poder. Pero también EEUU puede estar empezando a preocuparse por lo que está ocurriendo en Europa en el terreno electoral y sus consecuencias sobre las capacidades de la UE para manejarse en un mundo cambiante y ser un aliado provechoso y fiable. Francia es uno de los países centrales de la UE. Por ello, la fragmentación interna que han reflejado las elecciones presidenciales y legislativas, sin una mayoría clara en el Parlamento para el reelegido presidente Macron, puede tener impacto en la marcha de la UE, en este semestre bajo su presidencia y más allá. Francia ha aparecido dividida. Los electores mandan mensajes confusos, en una situación preocupante, allí y en otros lugares, con la inflación desbocada y el horizonte de contracción de la economía

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La humillación de Rusia, factor de división occidental

Pese al aparente frente común, hay una cada vez mayor división en Occidente, y sobre todo en Europa, respecto a Rusia y la guerra de Ucrania. Por una parte, está el “campo del realismo” que propugna un alto el fuego, también llamado “campo de la paz” aunque no lo sea, en la guerra que empezó Putin. Son los mismos –Emmanuel Macron, Olaf Scholz y Mario Draghi– que consideran que no hay que dejar ganar a Rusia, pero que tampoco hay que humillarla, pues así no se logrará un orden estable para el futuro, y no se recuperarán las economías aquejadas por la inflación y otros males. Por otra parte, está lo que el intelectual búlgaro Iván Krastev llama el “campo de la justicia”, los que quieren que Rusia pierda, y caiga en una situación que le haga imposible este tipo de agresión y aventurerismo. Creen que el tiempo juega en contra de Putin y su cambiante estrategia. En esta posición están muchos de los países del Este, y, desde luego, el presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, en cuyas manos está, en principio, pero no en realidad, la capacidad de decisión.

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La tortura telemática a los jubilados con la administración digital

Cada vez es más difícil para los mayores hacer las gestiones telemáticas con la Seguridad Social, mientras se ha deteriorado la necesaria atención presencial

Primero llegó la campaña “soy mayor, no idiota”, contra los bancos, que lanzó Carlos San Juan. Y que tuvo su impacto, pues el Gobierno presionó al sector para tratar mejor presencialmente en las sucursales a los mayores que no dominan del todo la actividad digital, aunque en gran número usan perfectamente el móvil, WhatsApp, y otras apps. Lo que que se han convertido en una tortura, y un coste, es intentar solicitar el pase o los cambios en la jubilación, dadas la casi imposibilidad de pedir una cita presencial (al menos en Madrid), y las enormes dificultades de resolver las situaciones por la vía digital, pues no son programas informáticos user-friendly o amigables para el usuario. ¿El resultado? Hay que acudir a una gestoría, que sí lo consigue, y como es lógico, cobra por la gestión más de 100 euros. Lo que implica que en muchos casos jubilarse cuesta dinero.

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¿Volverá Trump a Twitter? ¿Quién debe ejercer la censura?

Si se hace con Twitter (por 44.000 millones de dólares), que define como “la plaza pública menos mala, un foro para el intercambio de ideas, nacional e internacional”, la persona más rica del mundo y emprendedor visionario, Elon Musk, se habrá erigido como un gran decisor sobre la censura que puede llegar a ejercer la red social sobre esa esfera pública. Twitter con 1.300 millones de cuentas (pero sólo 330 millones de usuarios activos) en el mundo, mucho menos que Facebook (2.900 millones) o Instagram (1.470 millones), es la red favorita de los políticos, los periodistas y, en general, de los activistas. De ahí, por su influencia directa e indirecta, su importancia. De ahí el interés de Musk.

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